jueves 15 de octubre de 2009





Confesión de un granuja, de Sergei Esenin










No todos saben cantar,


no todos pueden ser manzana


y rodar a los pies de los demás.






Esta es la suprema confesión


que puede hacer un granuja.






Ando intencionalmente despeinado


con la cabeza como una lámpara a petróleo.


Me gusta iluminar entre tinieblas


el deshojado otoño de vuestras almas.


Me gusta cuando las piedras de los insultos


vuelan hacia mí, como el granizo de una eructante tempestad.


Entonces sólo oprimo con más fuerzas


la pompa oscilante de mis cabellos.






Con cuánto cariño recuerdo


el estanque invadido por la hierba y el ronco tañido del aliso,


y que en algún lugar viven mi padre y mi madre,


a quienes todos mis versos no les importan un comino,


pero que me aman como al campo y a su propia sangre,


como a la llovizna que en primavera mulle los brotes.


Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas


por cada injuria que lanzan sobre mí.






¡Pobres, pobres campesinos!


Seguramente ya están feos y viejos


y aún temen a Dios y las ánimas del pantano.


¡Oh, si pudieran entender


que su hijo


es el mejor poeta de Rusia!


¿Acaso sus corazones no se helaban


cuando sus pies desnudos tocaban los charcos del otoño?


Ahora anda con sombrero de copa


y zapatos de charol.






Pero vive en él, con ímpetus de antaño,


el mismo aldeano travieso.


Desde lejos saluda con reverencias


a las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías,


y cuando se cruza con los coches de la plaza


recuerda el olor del estiércol en los campos natales


y está dispuesto a levantar la cola de cada caballo


como la cola de un traje de novia.






Amo mi patria.


¡Amo inmensamente a mi patria!


Aunque exista en ella la tristeza y la herrumbre de los sauces.


Me gustan los hocicos fangosos de los cerdos


y las voces estridentes de los sapos en el silencio nocturno.


Estoy enfermo de recuerdos de infancia.


Sueño con la humedad y la niebla de las tardes de abril.


Como queriendo entibiarse


nuestro arce se encuclilló ante la fogata del ocaso.


¡Cuántos huevos robé de los nidos de las comadrejas


trepando de rama en rama!


¿Será el mismo con su cima verde?


¿Será como antes tan dura su corteza?






¿Y tú, mi querido,


mi fiel perro overo?


La vejez te ha puesto gruñón y ciego


y vagas por el patio arrastrando tu cola caída,


tu olfato ya no distingue el establo de la casa.


Cuán queridas me son aquellas travesuras


cuando hurtaba pan a mi madre


y lo mordíamos por turno


sin sentir asco uno del otro.






Soy el mismo de antes


y mi corazón es el mismo.


Los ojos florecen en el rostro como azulíes en el centeno,


y al extender las esteras doradas de mis versos


quisiera decirles mis palabras más tiernas.






¡Buenas noches!


¡Buenas noches a todos!


La guadaña de la aurora ha enmudecido


sobre la hierba del crepúsculo...


Siento unas ganas enormes


de mear la luna desde la ventana.






¡Luz azul! ¡Es tan azul la luz!


En este azul ni siquiera morir importa.


¡Qué me importa parecer un cínico


con un farol colgando del trasero!


Mi viejo, buen y derrengado Pegaso,


¿acaso necesito de tu trote apacible?


He llegado como un amo severo


a cantar y glorificar las ratas.


Mi cabezota, como agosto,


vierte el vino burbujeante de los cabellos.






Quiero ser el velero amarillo


que va hacia el país adonde todos navegamos.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Una carta que nunca llegó a Rusia

por Vladimir Nabokov

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos —la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.

Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída y sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (a su izquierda, sobre la alarma de incendios), sólo una parte, negra y tensa, de su paraguas se ilumina de húmedo rojo.

Y más allá de la curva, sobre la acera —¡y de qué forma tan inesperada!—, la fachada de un cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida como la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven, con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas relucientes, se acerca desde la pantalla, y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza por una de sus mejillas. Y en alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso la vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que asoma por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.

Más lejos, en la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles negras pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces). Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, a la luz del día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios. Un viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer igualmente impasible abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada y recibirá su pago por ello.

¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el que el tren todo iluminado, y riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad bajo el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente metálica que no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni que decir tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces —en las salas de baile de Londres—, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral... Esto es lo que leí en las memorias de D'Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte.

Probablemente, mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte este final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.

jueves 17 de septiembre de 2009

Vera Nabokov




La enemiga de Lolita



Por Eduardo Berti



Suplemento cultural diario La Nación, Buenos Aires, 6 de febrero de 2000


--------------------------------------------------------------------------------




Cuando la investigadora Stacy Schiff, después de publicar en 1994 una completa biografía de Saint-Exupery, anunció a sus amigos y colegas que se aprestaba a indagar la vida de Vera Nabokov, esposa por 52 años del autor de Lolita, casi todos intentaron disuadirla. La mujer había llevado una existencia poco menos que invisible, discretamente a la sombra de su amado Vladimir. ¿Cómo hacer para atrapar el fantasma? Hoy, ya publicado en inglés y en francés su encomiable Vera o la vida con Nabokov, Schiff puede sonreír orgullosa: el fantasma se ha corporizado, todo gracias a su perseverancia y a la ayuda de diversas personas, entre ellas Dmitri Nabokov, quien puso al alcance de la biógrafa el preciado diario íntimo de su madre.

"La señora Nabokov ejerció una influencia enorme sobre uno de los mayores escritores de nuestra época", considera Schiff. "Pensé que a través de ella podría hacer, además, un retrato oblicuo y revelador de su marido. La vida de Vera tal vez no nos haga descubrir nuevos estratos de la obra de Nabokov, pero nos dice mucho acerca del autor".

Vladimir Nabokov no tiene veinticinco años cuando conoce en Berlín, en un baile de máscaras, a Vera Evseievna Slonim. Las familias de ambos han dejado San Petersburgo debido a la revolución bolchevique. Para la fecha, 1923, hay medio millón de rusos radicados en Berlín y 86 editoriales de emigrados, entre ellas la fundada por el señor Evsei Slonim, padre de Vera. Por entonces Vladimir escribe poemas y firma como Sirin. Vera --nacida en 1902-- no sólo conoce la obra de Sirin sino que es capaz de recitar algunos de sus versos de memoria. Muchos amigos de Nabokov se consternan al saber que Vera es judía. Lo mismo algunos familiares. Haciendo oídos sordos, Volodia se casa con ella el 15 de abril de 1925. Meses atrás --estima Schiff que bajo el influjo de Vera-- ha dejado a un lado la poesía y el alias de Sirin para ponerse a escribir su primera novela: Mashenka.

"Delgada, de huesos muy finos, Vera tenía una tez transparente y un porte de reina", describe Schiff en su libro. Lo mismo que Vladimir, era ella una aristócrata con ideas democráticas. Lo mismo que Vladimir, desdeñaba a Freud. Lo mismo que Vladimir, era una fervorosa amante de las artes. "Nos parecemos terriblemente", dice una carta de Nabokov a Vera. "A los dos nos gusta 1) introducir discretamente palabras extranjeras, 2) citar pasajes de nuestros libros favoritos, 3) traducir nuestras impresiones de un sentido (la vista, por ejemplo) a otro (el gusto, por ejemplo)...".

El libro de Schiff tiende a mostrar cuán indispensable ha sido Vera para Vladimir, tanto el hombre como el escritor. Usualmente Nabokov recitaba de memoria un listado con las cosas que jamás había aprendido a hacer: tipear a máquina, contestar el teléfono, hallar un objeto extraviado, conducir, cortar la página de un libro, dedicar su tiempo a un "filisteo". De todos estos menesteres se encargaba Vera, para que su esposo existiera "sólo a través del arte".

En la historia de las letras rusas abundan los casos de mujeres inmoladas al servicio de un esposo literato. Se cuenta que Sofía, mujer de Tolstoi, copió siete u ocho veces el manuscrito de La guerra y la paz; se sabe que la estenógrafa a quien Dostoievski dictó El jugador acabó siendo su segunda mujer. Lo peculiar de Vera, afirma Schiff, es que ayudar a su marido nunca fue para ella una condena, sino una "misión" que abrazó con agrado. Fue "mucho más que una mera dactilógrafa", señala Schiff, aunque menos que una "colaboradora directa". Fue la primera lectora de Nabokov y él tomaba seriamente sus dictámenes. Fue su público y su crítica, su chofer y su enfermera, su agente literaria, su compañera en la caza de mariposas y también quien salvó de las llamas el borrador de Lolita. Aunque en vida Vera odiaba ser llamada "musa", fue por lo menos el modelo para muchos personajes femeninos de su esposo: Zina, la heroína de su última novela europea, El don (o La dádiva), y también Clare en La verdadera vida de Sebastian Knight, su primera novela norteamericana.

La investigación de Shiff completa aquellas zonas que quedaban más o menos penumbrosas en la biografía monumental de Brian Boyd sobre Nabokov, sobre todo en lo que se refiere a bambalinas familiares, o a las acusaciones que cayeron sobre Vera cuando su marido abandonó el idioma ruso para dedicarse a escribir en inglés. Más que un estudio literario, Vera ofrece un retrato abundante y complejo, salpicado de anécdotas jugosas. La misma Vera Slonim que en su temprana juventud habría participado en un complot para matar a Trotsky es la esposa abnegaba que en 1955 obtiene un permiso para portar un arma calibre .38 con el fin de "protegernos cuando viajamos a regiones lejanas a hacer investigaciones entomológicas". La misma madre que no quiere que su hijo de doce años lea Tom Sawyer porque se trata de "un libro indecente", es la mujer que defiende con ardor la novela Lolita y se indigna frente a los que hacen un análisis moral de la obra, en vez de literario.

Gracias a Schiff descubrimos los gustos literarios de Vera: leía con entusiasmo a Robbe-Grillet, Scott Fitzgerald y Evelyn Waugh, rechazaba a Pasternak y Dostoievski con el mismo rigor que Vladimir. Era raro que sus opiniones fueran divergentes. Cierta vez que su marido ponderó la obra de George Eliot, Vera exclamó horrorizada: "¿Pero cómo pude casarme contigo?".

A mediados de los años cuarenta, Nabokov comenzó a dictar cursos de literatura rusa y europea en universidades norteamericanas. Vera decidió comprar un auto, un Plymouth 1940 color beige, y obtuvo "en tiempo record" la licencia para conducir y llevar a su esposo al campus. Los alumnos pronto se habituaron a esa mujer delgada y serena que, a veces, incluso intervenía en la mitad de una clase para corregir un leve error en una cita apresurada de Gogol o de Pushkin. Para su libro, Schiff tuvo la feliz ocurrencia de entrevistar a varios ex alumnos. De esta forma se enteró de los rumores y leyendas que corrían acerca de la señora Nabokov, a quien unos apodaban "la condesa" y otros "el águila gris":

Según los estudiantes, Vera estaba siempre allí:

a) para recordar a todos que el profesor era un genio,

b) porque Nabokov tenía problemas de salud y ella lllevaba a todas partes los remedios,

c) porque no era su mujer, sino su madre,

d) porque en realidad él era ciego y ella lo guiaba,

e) para alejar del profesor a las jóvenes estudiantes (y esto mucho antes de Lolita).

Ningún alumno sabía que, en realidad, era Vera quien corregía los exámenes. En cuanto a la última hipótesis --acaso la menos falsa de todas--, la esporádica presencia de "la condesa" no impidió que el profesor Nabokov tuviera un romance con una alumna de Wellesley llamada Katherine. "Nabokov era fiel sólo lo indispensable", afirma Schiff. "Como lo atestiguan sus escritos, era muy sensible a la belleza en todas sus formas, particularmente a la belleza femenina. Su esposa no ignoraba que él era un seductor impenitente. El matrimonio estuvo a punto de naufragar en 1937, debido a una aventura pasional. Sus amigos se preguntaron entonces si Nabokov sería capaz de dejar a Vera, tan esencial para su vida y su obra. El tiempo demostró que no".

En los años cincuenta, aún en los Estados Unidos y antes de su última mudanza a Suiza, los Nabobov "dieron a luz", al margen de su hijo Dmitri (actual albacea de la obra de su padre, ex corredor de autos y cantante de ópera), a una suerte de "construcción lejana e inaccesible", un ente llamado V.N. cuyas iniciales, deliberadamente ambiguas, podían corresponder tanto a uno como a otro. En la autobiografía de Nabokov, Habla memoria, hay a primera vista una engañosa ausencia: la de Vera. Enseguida se descubre que su nombre falta explicitado pero que, por lo demás, el libro está lleno de invocaciones a una segunda persona porque el narrador se dirige a su esposa. De esta manera vivió Vera: desempeñando un papel omnipresente y al mismo tiempo invisible.

La señora Nabokov sobrevivió unos quince años a su esposo. Durante su viudez, recluida en Montreux, recibió entre otros a Martin Amis. Toda vez que un periodista o visitante intentaba sonsacarle una anécdota conyugal, ella eludía la pregunta. "No me acuerdo", respondía si estaba de buen humor. O, si malhumorada: "¿Usted es de la KGB?". Llegaron a pedirle que escribiera un texto sobre Vladimir. Se negó amablemente. No quería ser una "viuda escritora", como Anna Dostoievski o Fanny Stevenson. Poco antes de morir en 1991, destruyó todas sus cartas dirigidas a Volodia pero preservó las de él, que a su entender sí eran preciadas para la posteridad.

"¿Qué hubiese ocurrido sin la revolución?", le preguntó una vez a Vera y Vladimir el periodista Andrew Field. "Te habría conocido en San Petersbugo, nos habríamos casado y habríamos llevado una vida muy similar a ésta", respondió Nabokov, mirando a su esposa. "Para ese hombre de imaginación tan poderosa era absolutamente inconcebible una vida sn Vera", dice Schiff. "Tenía una convicción casi religiosa de que habían nacido para conocerse".

sábado 12 de septiembre de 2009

Pierre Jacomet




"Debemos rezar por nuestra felicidad cotidiana porque cada día tiene una cualidad diferente, una tonalidad distinta. Valorar cada instante y dar algo, incluso a los opulentos. La plata compra casas, relojes, lechos, libros, sangre, sexo, pero no puede comprar hogar, tiempo, conocimiento, vida o amor. ¿Acaso los ricos sufren más que los pobres? Tal vez, porque no tienen la disculpa de la privación y su angustia parece indecente."


Pierre Jacomet

viernes 11 de septiembre de 2009

www.myspace.com/bodega023





Amigos comparto con ustedes un temazo de Bodega. A su salud!
falta Tamara Hermosilla (batería). Ya pronto seguiremos compartiendo material con ustedes.
les dejo el link: www.myspace.com/bodega023

viernes 4 de septiembre de 2009

Un ruiseñor completamente blanco, Florencia Castellano






Un ruiseñor completamente blanco (IAP, Argentina, Enero 2007, 60 pp)
de Florencia Castellano

Por Ernesto González Barnert



Una obra cuidada y limpia, de personalísimos vislumbres y chispazos, donde trenza una oblicua intimidad escritural que devela tanto de sí como de la vida de Florence Nightingale. Cuya presencia es explícita, más no imperativa. Lo que convierte este libro en un juego de capas sugestivo o insinuante.

Cuyo tono es seco pero nunca árido. Timbre: grave. Se percibe la tensión contenida ir por cada poema como una sombra. Devenir en un corpus poético que imagen a imagen no subraya ni se limita a ser biografía o autobiografía de Nightingale. Y sin embargo, caben ambas. Un juego duro de pasar el tiempo- tratado de vocación de enfermería que impone y exige tanto como la poesía en su ejercicio. Digamos, mejor, poesía sin temor a equivocarnos.

Apuntemos un buen resumen de Nightingale:

“Quien es recordada sobretodo por su trabajo como enfermera durante la guerra de Crimea y por su contribución a la reforma de las condiciones sanitarias en los hospitales militares de campo. Sin embargo, lo que no se conoce tan bien sobre esta increíble mujer es su amor por las matemáticas, especialmente por la estadística, y cómo este amor jugó un papel importante en las labores que realizó durante su vida.

Nightingale lleva el nombre de la ciudad donde nació, la Villa Colombia en Florencia, Italia, el 12 de mayo de 1820. Sus padres, William Edward Nightingale y su esposa Frances Smith, viajaron por Europa durante los primeros dos años de su matrimonio. La hermana mayor de Nightingale había nacido un año antes en Nápoles. Los Nightingale llamaron a su primogénita el nombre griego de la ciudad, Parthenope.

William Nightingale se apellidaba Shore pero lo cambió a Nightingale después de heredar de un pariente rico, Peter Nightingale de Lea, cerca de Matlock, Derbyshire. La niñas crecieron en el campo y pasaban mucho tiempo en Lea Hurst en Derbyshire. Cuando Nightingale tenía unos cinco años su padre compró una casa llamada Embley cerca de Romsey en Hampshire. Con esto la familia pasaba los veranos en Derbyshire y el resto del año en Embley. Al viajar entre estos lugares visitaban Londres, la Isla de Wight y a parientes.

En un principio, la educación de Parthenope y Florence estuvo en manos de una institutriz, después su padre, educado en Cambridge, asumió esa responsabilidad. A Nightingale le encantaban sus lecciones y tenía una habilidad natural para estudiar. Bajo la influencia de su padre Nightingale se familiarizó con los clásicos, Euclides, Aristóteles, la Biblia y temas políticos.

En 1840 Nightingale suplicó a sus padres que la dejaran estudiar matemáticas en vez de:

[... trabajo de estambre y practicar las cuadrillas…],

pero su madre no aprobaba esta idea. Aunque William Nightingale amaba las matemáticas y había legado este amor a su hija, la exhortó a que siguiera estudiando temas más apropiados para una mujer. Después de muchas batallas emocionales, los padres de Nightingale finalmente le dieron permiso para que se le enseñara matemáticas. Entre sus tutores estuvo Sylvester, quien desarrolló la teoría de invariantes junto con Cayley. Se dice que Nightingale fue la alumna más destacada de Sylvester. Las lecciones incluían aritmética, geometría y álgebra y, antes de que Nightingale empezara con la enfermería, pasó tiempo enseñando estos temas a niños.

El interés de Nightingale en las matemáticas iba más allá de la materia en sí. Una de las personas que también influyeron en ella fue el científico belga Quetelet. Él había aplicado métodos estadísticos a datos de varios campos, incluyendo las estadísticas morales o ciencias sociales.

La religión jugó un papel importante en la vida de Nightingale. Su visión imparcial de la religión, inusual en su época, se debía a la actitud liberal que encontró en su hogar. Aunque sus padres crecieron en la Iglesia Unitaria, Frances Nightingale prefirió una denominación más convencional y a las niñas las criaron en la fe anglicana. El 7 de febrero de 1837, Nightingale creyó escuchar el llamado de Dios, mientras caminaba por el jardín de Embley, aunque en ese momento no sabía cuál era ese llamado. Sin duda, algo bastante común en la época. Aunque ahora nos parezca extraño.

Nightingale desarrolló un interés en los temas sociales de su épocas pero en 1845 su familia se oponía firmemente a la sugerencia de Nightingale de adquirir experiencia en un hospital. Hasta ese entonces, el único trabajo de enfermería que había hecho había sido cuidar de parientes y amigos enfermos. A mediados del siglo XIX la enfermería no era considerada una profesión adecuada para una mujer educada. A las enfermeras de la época les faltaba entrenamiento y tenían fama de ser mujeres burdas e ignorantes, dadas a la promiscuidad y a las borracheras.

Mientras Nightingale estaba en un viaje por Europa y Egipto iniciado en 1849, con los amigos de la familia Charles y Selina Bracebridge, tuvo la oportunidad de estudiar los distintos sistemas hospitalarios. A principios de 1850, Nightingale empezó su entrenamiento como enfermera en el Instituto de San Vicente de Paul en Alejandría, Egipto, que era un hospital de la Iglesia Católica. Nightingale visitó el hospital del Pastor Theodor Fliedner en Kaiserwerth, cerca de Dusseldorf en julio de 1850. Nightingale regresó a esa ciudad en 1851 para entrenar como enfermera durante tres meses en el Instituto para Diaconisas Protestantes y después de Alemania se mudó a un hospital en St. Germain, cerca de París, dirigido por las Hermanas de la Caridad. A su regreso a Londres en 1853, Nightingale tomó el puesto sin paga de Superintendente en el Establecimiento para damas durante enfermedades el número 1 de la calle Harley.

Marzo de 1854 trajo consigo el inicio de la Guerra de Crimea en la que la Gran Bretaña, Francia y Turquía le declararon la guerra a Rusia. Aunque los rusos fueron derrotados en la batalla del río Alma el 20 de septiembre de 1854, el periódico The Times criticó las instalaciones médicas británicas. En respuesta a ello, Sidney Herbert, Secretario de Guerra británico, le pidió a Nightingale en una carta a su amiga que se convirtiera en enfermera-administradora para supervisar la introducción de enfermeras en los hospitales militares. Su título oficial era Superintendente del Sistema de Enfermeras de los Hospitales Generales Ingleses en Turquía. Nightingale llegó a Escutari, un suburbio asiático de Constantinopla (hoy Estambul) con 38 enfermeras el 4 de noviembre de 1854 [2]:
... su entusiasmo, su devoción y su perseverancia no cederían ante ningún rechazo o dificultad. Firme e infatigablemente se ocupaba de su trabajo con tal criterio, autosacrificio, valor, ternura y todo ello con una actitud tranquila y sin ostentación que se ganaba los corazones de todos aquellos a quienes sus prejuicios de oficiales no les impedían apreciar la nobleza de su trabajo y de su carácter.

Aunque ser mujer implicaba que Nightingale tenía que luchar contra las autoridades militares a cada paso, fue reformando el sistema hospitalario. Bajo condiciones que resultaban en soldados tirados sobre el suelo rodeados de alimañas y en operaciones nada higiénicas, no debe sorprendernos que cuando Nightingale llegó a Escutari las enfermedades como el cólera y el tifus cundieran en los hospitales. Esto implicaba que los soldados heridos tuvieran una probabilidad siete veces mayor de morir en el hospital de una enfermedad que de morir en el campo de batalla. Mientras estuvo en Turquía, Nightingale recolectó datos y organizó un sistema para llevar un registro; esta información fue usada después como herramienta para mejor los hospitales militares y de la ciudad. Los conocimientos matemáticos de Nightingale se volvieron evidentes cuando usó los datos que había recolectado para calcular la tasa de mortalidad en el hospital. Estos cálculos demostraron que una mejora en los métodos sanitarios empleados, produciría una disminución en el número de muertes. Para febrero de 1855 la tasa de mortalidad había caído de 60% al 42.7%. Mediante el establecimiento de una fuente de agua potable así como usando su propio dinero para comprar fruta, vegetales y equipamiento hospitalario, para la primavera siguiente la tasa había decrecido otro 2.2%.

________________________________________
Nighingale usó esta información estadística para crear su Diagrama de Área Polar, o 'coxcombs' como los llamó ella. Éstos fueron usados para dar un representación gráfica de las cifras de mortalidad durante la Guerra de Crimea (1854-1856).
El área de cada cuña coloreada, medida desde el centro es proporcional a la estadística que representa. La parte exterior azul representa muertes debidas a

[... enfermedades infecciosas prevenibles o mitigables]

o, en otras palabras, enfermedades contagiosas como el cólera y el tifus. Los pedazos centrales rojos muestran las muertes por todas las demás causas. Las muertes en los hospitales de campo británicos alcanzaron su máximo en enero de 1855 cuando 2 761 soldados murieron por enfermedades contagiosas, 83 por heridas y 324 por otras causas, con un total de 3 168 muertes. El promedio de hombres en la armada ese mes fue de 32 393. Usando esta información, Nightingale calculó una tasa de mortalidad de 1 174 por cada 10 000, de los cuales 1 023 de cada 10 000 se debían a enfermedades infeccionsas. De haber continuado así y sin la sustitución frecuente de tropas, entonces las enfermedades por sí mismas habrían acabado totalmente con el ejército británico en Crimea.

Sin embargo, estas condiciones insalubres no se limitaban a los hospitales militares de campo. Al volver a Londres en agosto de 1856, cuatro meses después de la firma del tratado de paz, Nightingale descubrió que en época de paz, los soldados de entre 20 y 35 años de edad tenían una tasa de mortalidad del doble de la de los civiles. Usando sus estadísticas, ilustró la necesidad de una reforma sanitaria en todos los hospitales militares. Al impulsar su causa, Nightingale consiguió llamar la atención de la Reina Victoria y el Príncipe Alberto así como la del Primer Ministro, Lord Palmeston. Sus deseos de llevar a cabo investigación formal le fueron concedidos en mayo de 1857 y llevaron al establecimiento de la Comisión Real para la Salud del Ejército. Nightingale se escondió de la atención pública y empezó a preocuparse por las tropas apostadas en la India. En 1858 se convirtió en la primera mujer electa socia de la Royal Statistical Society por sus contribuciones a las estadísticas del ejército y hospitalarias.\

En 1860 abrió la Escuela de Entrenamiento y Hogar Nightingale para Enfermeras en el hospital de St. Thomas en Londres, con 10 estudiantes. Era financiada por medio del Fondo Nightingale, un fondo de contribuciones públicas establecido en la época en que Nightingale estuvo en Crimea y que contaba con £50 000. La escuela se basaba en dos principios. El primero, que las enfermeras debían adquirir experiencia práctica en hospitales organizados especialmente con ese propósito. El otro era que las enfermeras debían vivir en un hogar adecuado para formar una vida moral y disciplinada. Con la fundación de esta escuela Nightingal había logrado transformar la mala fama de la enfermería en el pasado en una carrera responsable y respetable para las mujeres. Nightingale respondió a la petición de la oficina de guerra británica de consejo sobre los cuidados médicos para el ejército en Canadá y también fue consultora del gobierno de los Estados Unidos sobre salud del ejército durante la Guerra Civil estadounidense.

Casi durante el resto de su vida Nightingale estuvo postrada en cama debido a una enfermedad contraída en Crimea, lo que le impidió continuar con su trabajo como enfermera. No obstante, la enfermedad no la detuvo de hacer campaña para mejorar los estándares de salud; publicó 200 libros, reportes y panfletos. Una de esas publicaciones fue un libro titulado Notas sobre enfermería (1860). Este fue el primer libro para uso específico en la enseñanza de la enfermería y fue traducido a muchos idiomas. Las otras obras publicadas de Nightingale incluyen Notas sobre los hospitales (1859) y Notas sobre la enfermería para las clases trabajadoras (1861). Florence Nightingale creía firmemente que su trabajo había sido su llamado de Dios. En 1874 se convirtió en miembro honorífico de la American Statistical Association y en 1883 la Reina Victoria le otorgó la Cruz Roja Real por su labor. También fue la primera mujer en recibir la Orden al Mérito de mano de Eduardo VII en 1907.

Nightingale murió el 13 de agosto de 1910 a los 90 años. Está enterrada en la Iglesia de St. Margaret, en East Wellow, cerca de Embley Park. Nightingale nunca se casó, aunque no por falta de oportunidades. Ella creía que Dios había decidido que debía ser alguien a quien él:

[... había seleccionado claramente ... para que fuera soltera.]

El Monumento de Crimea, fue erigido en 1915 en Waterloo Place, Londres, para honrar la contribución que hizo Florence Nightingale a esa guerra y a la salud del ejército.”


Sin duda, la poesía de Florencia Castellano (Buenos Aires, 1975) no es rapto, es seducción como exige Sontag.

Aquí les dejo un ramillete de poemas pertenecientes al libro ahora que los médicos están para operar a los enfermos, los enfermeros están para curarlos.





el sol cae
adentro de la cocinera con la presión del amor en primavera
cantan los pájaros
y con cada trote, los botones del vestido descubren
la fisiología de las aves.
sus cantos, el sexo de las ramas
saltan
a las 6:51 la pollera amarillea delante de Neptuno
6:52 tiene un tono naranja
6:53 rosada, delante de las Sabinas
6:54 de espalda a las Sabinas, rojo sangre
en el mismo instante cantan la cocinera y el panadero
notas funerarias.



Florence, montaña
un larguísimo vestido de broderie cubre sus caderas
otro accidente geográfico
por donde trepan camillas con llorones
con ojos de husky siberiano.
De espalda a la nieve
el pelo se hace agua.
frente al sol pierde su fisonomía el ojo
y el miedo a que termine la guerra
y volver a casa.

¿qué es mejor ser cola de león o cabeza de rata?




detrás del tren
el tren.
cada vagón repleto de hombres con cabezas tapadas
paños y sudor
ojos pegados al cielorraso rodante.
Florence pasea por el sendero del medio
a su izquierda, los hombres de cabeza ladeada a la derecha
a su derecha, los hombres de cabeza ladeada a su izquierda
y ella en el medio con rosas.
detrás del tren
el tren.




algunas enfermeras trafican gin y brandy
temen a la tasa de mortalidad que despulgan cada mañana.
una noche el negocio se apaga.
regresan los dedos del panadero en un soldado.
perfiles romanos en la escarcha
son miles
el efecto del alcohol los convierte en kanikama.



la diaconisa número 1 se incorpora en su litera, se para.
la número 2, un segundo más tarde, se incorpora en su litera, se para.
la 3, dos segundos más tarde, se incorpora en su litera, se para.
la 5, la 24 y la 38 rastrillan escarcha.






tres diaconisas con palas sumergen las caderas
entre tierra, piedras y nieve
en fila
las más nuevas arrastran canastos
tiran las prendas con lentitud
como nueces a una masa con grumos
y un par de botellas hacen de cebo.

sábado 15 de agosto de 2009

113 aforismos





de Stanislaw Jerzy Lec

• Muchos boomerangs no vuelven: prefieren la libertad.
• La estupidez es la madre del crimen, pero con frecuencia los padres son unos genios.
• Los pensamientos, como las pulgas, saltan de persona en persona. Sólo que no pican a todo el mundo.

• Sobre el cuello de una jirafa la pulga empieza a creer en la inmortalidad.

• Aproveche la experiencia de los ornitólogos. Para que un escritor despliegue sus alas, es necesario que sea libre para utilizar la pluma.

• Cuando lo confrontaron con su asesino, el cadáver no pudo identificarlo.

• Cuando un mito se estrella contra otro mito, la colisión es bien real.

• “Sólo lo amenacé con el dedo”, dijo, poniéndolo sobre el gatillo.

• A veces el pescador es devorado junto con el anzuelo.

• “¿Qué haces tú —me preguntó un amigo— cuando encuentras sobre tu cama al amante de tu esposa con otra mujer?”.

• Al tumbar las estatuas, preserve los pedestales: pueden resultar útiles.

• Cada pendejo que se bate contra un ventilador se cree don Quijote.

• Soy bello, soy fuerte, soy sabio, soy bueno. ¡Y todo eso lo descubrí yo solo!

• Cuando el chisme envejece se convierte en mito.

• Hasta su ignorancia es enciclopédica.

• Yo quería darle al mundo una palabra. Como no pude, me volví escritor.

• Consejo a escritores: a veces hay que parar de escribir. Incluso antes de empezar.

• La vida no le sienta bien a todo el mundo.

• ¿Puede hablarse de progreso cuando el caníbal usa tenedor?

• La indignación nunca debe ser tan profunda que no pueda hacer explosión.

• Abel fue el primero en comprobar que los muertos no protestan.

• El dedo de Dios no siempre deja las mismas huellas dactilares.

• La cara del enemigo sólo me asusta cuando veo lo mucho que se parece a la mía.

• La clave de la situación con frecuencia está en la cerradura del vecino.

• La perspectiva, ¡que cosa más maravillosa!, permite ver a los enemigos pequeñitos.

• Se nota cuando un pueblo carece de voz, incluso si está cantando himnos.

• En la capital hasta los perros ladran de forma más centralizada.

• En la guerra de las ideas la que muere es la gente.

• ¿Por qué escribo estos cortos aforismos? ¡Porque las palabras me fallan!

• Siempre me dieron miedo los rifles descargados. Sirven para dar culatazos en la cabeza.

• Es más fácil perderse en el bosque cuando éste ha sido talado.

• ¡Piense antes de pensar!

• Tormentoso es el mar de la indiferencia.

• En todo espantapájaros duermen ambiciones de aterrorizar.

• Cuando no sopla el viento, hasta una veleta tiene personalidad.

• Ningún Torquemada podrá nunca extraer de la gente tantos deseos secretos como la sed de poder.

• Uno puede cerrar los ojos a la realidad, pero no a los recuerdos.

• “No es nada más que un meteoro”, decía la vela con desprecio.

• Lástima que el viaje al paraíso sea en ataúd.

• Ni siquiera Abel puede darse el lujo de tener su propio Caín. Algunos tienen que confiar en los colectivos.

• El signo de interrogación es una exclamación que se cansó.

• Todo es ilusión. Hasta esta frase..

• Cuando salte de alegría, cuídese, no le vayan a mover el piso.

• ¿Alguien les preguntó a las antítesis si querían volverse síntesis?

• Hubiera preferido que David matara a Goliat con un arpa.

• Qué esnobismo. Quería ser el Gran Eunuco.

• Muchos de quienes se anticiparon a su tiempo tuvieron que esperarlo en alojamientos
poco confortables.

• Muchos han querido hallar el huevo filosofal petrificando sus pensamientos.

• Los ideales no son para idealistas.

• ¿Puede el caníbal hablar a nombre de quienes se ha comido?

• El eslabón más débil en la cadena también es el más fuerte. Puede romperla.

• Hay sabios que siempre se las arreglan para hacer una venia al poderoso al tiempo que
muestran el trasero a los cortesanos.

• Hable de manera inteligente: el enemigo está escuchando detrás de la puerta.

• En los países en los que uno no se siente seguro en prisión, tampoco se siente seguro en libertad.

• ¿Cómo aplaudir a quienes nos han puesto esposas?

• Al principio era el Verbo, al final, la verborrea.

• No hay que hablar de la soga en casa del ahorcado. ¿Y en casa del verdugo?

• ¿Qué nos retiene en este globo, aparte de la gravedad?

• Prefiero el letrero que dice: “Entrada prohibida” al que dice: “No hay salida”.

• Ah, ¡si tan sólo se pudiera ordeñar a los chivos expiatorios!

• El mundo es bello. Eso es justamente lo triste.

• ¿Alguna vez ha salido del ojo de la Providencia una lágrima humana?

• No abras jamás la puerta a los que de todas maneras la abren sin permiso.

• Hasta los imparciales no son imparciales. Están a favor de la justicia.

• El beso de Judas cierra la boca a los poetas.

• Uno puede morir en Santa Helena sin ser Napoleón.

• No te hagas el esnob. No mientas jamás cuando decir la verdad da más ventajas.

• ¡Y pensar que con el fuego que Prometeo les robó a los dioses quemaron vivo a Giordano Bruno!

• Cuando el caníbal regurgita con asco a su víctima, ¿puede hablarse de que la está afrentando?

• El que perdió la cabeza tiene con frecuencia dolores de cabeza.

• Uno puede cambiar de fe sin cambiar de Dios. Y viceversa.

• ¿En qué creo? En Dios, si acaso existe.

• ¿Qué le pasa al diablo cuando deja de creer en Dios?

• Para un caballero, ni siquiera la propia muerte es una excusa válida.

• Habría que poner centros de desintoxicación para los ebrios de felicidad.

• Entra en ti mismo sin golpear.

• “¡Y, sin embargo, se mueve!”, gritó furioso el verdugo luego de la ejecución.

• La administración de la injusticia se encuentra siempre en las manos equivocadas.



• Eso que uno ni siquiera llega a imaginar, con frecuencia es posible comprarlo.
• No es elegante sospechar de alguien cuando uno ya está completamente seguro.
• Los puritanos debían de llevar hojas de parra en los ojos.

• El ahorcado nunca estará a la altura de la horca.

• Hay un golpe de genio en el instante en que uno descubre su propia falta de talento.

• Cuidado cuando los que no tienen alas las despliegan.

• El hombre: persona non grata.

• ¿Oyen ese ronroneo? Es el coro de las consonantes después del exterminio de las
vocales.

• La Revolución Francesa demostró con el ejemplo que quienes pierden son quienes
pierden la cabeza.

• No construyamos hospicios para la miseria intelectual.

• ¿Cómo reconocen la libertad quienes nunca la han tenido? Podrían sospechar que se trata de una nueva máscara del tirano.

• Actos que nunca tuvieron lugar con frecuencia desatan catastróficas ausencias de consecuencias.

• ¡Hay que vulgarizar el elitismo!

• ¿La explotación del hombre por el hombre? Pues bien, es humana.

• La fuerza del arte: puede haber héroes cobardes.

• Los que sobreviven a las tragedias no suelen ser los héroes.

• A veces los laureles echan raíces en la cabeza.

• El heno que ciertos poetas tienen en la cabeza según toda la evidencia es muy apreciado
por Pegaso.

• Cuando las fábulas políticas hablan de animales, es sin duda porque se viven tiempos inhumanos.

• Apartémonos del camino de la justicia. Es ciega.

• Cuando la humanidad tiene suerte, los crímenes se subliman en el arte.

• “¡Señores, hagan su juego!”, y la bola terrestre se pone a rodar.


• Prohibido hacer reír a los tiranos sin dientes.

• Hasta los Mesías esperan con impaciencia su propia venida.

• Insomnio: enfermedad de los tiempos en los que se ordena a los hombres cerrar los ojos ante muchas cosas.

• No sucumbas jamás a la desesperanza. Nunca cumple sus promesas.

• Allá donde la risa está prohibida, con frecuencia uno tampoco tiene derecho de llorar.

• El verdugo lleva generalmente una máscara: la de la justicia.

• Problema de derecho: ¿hasta cuántos cadáveres tiene uno derecho de equivocarse?

• El hombre puede dejar tras de sí un vacío minúsculo, por ejemplo, calibre 9 mm.

• Un espinazo quebrado da lugar a una joroba psíquica.

• Algunos sufren de hipertrofia de las glándulas políticas.

• Sólo la eterna insaciabilidad de los poetas puede saciar a la literatura.

• Sé sentimental; eso te permitirá recordar incluso las viejas tragedias con ternura.

“Los analfabetos tienen que dictar”

“¿Las mujeres desnudas son inteligentes?